Tug tug tug

Tug tug tug.

Usted puede destaparse a si mismo. En el medio de la noche – o temprano por la mañana, dependiendo de como lo mire – lo invade un frío helado porque usted, como un idiota, tiró su cobija por la noche. Casi completamente de la cama, de hecho, con solamente una esquina sola que se adhiere al borde de la cama.
Sentándose la toma en sus manos, sintiendo aquel miedo familiar de su niñez: si usted no se encuentra con algo cubriéndolo, se deja expuesto a todos los tipos de horrores sobrenaturales. La sujeta firmemente y le da un buen tirón, tratando de levantarla de una sola vez.
No hay suerte, parece estar trabada.
Otro tirón certero parece liberarla un poco, y usted continúa, tirando firmemente y tratando de no hacer caso de aquel sentimiento tonto que es el miedo. Tira. Tug tug tug… ¡Ya está! ¡Finalmente! La frazada ya está completamente de nuevo sobre la cama y usted está seguro debajo de ella una vez más, retándose mentalmente por haber sentido miedo por nada. Hasta que, justo antes de volver a quedarse dormido, siente un tirón de aquel sitio en donde la frazada estaba colgando antes.
Tirando. Tug tug tug…

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